La Nación Tiene 96 años: encontró en la pintura una manera de revivir recuerdos cuando la vista se apaga
01/05/2026
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Con apenas un mínimo porcentaje de visión en un solo ojo, Noemí Ranzi descubrió en la acuarela una forma de procesar sus tesoros
Noemí Ranzi nació el 13 de octubre de 1929 en Buenos Aires y su biografía se construyó bajo los pilares de la autonomía y la curiosidad intelectual, una cultura vasta y una atención constante a la actualidad. Siempre emprendió diversos trabajos que no solo ayudaron a la economía del hogar, sino que le permitieron forjar una independencia que mantuvo hasta bien entrada la longevidad. Su creatividad fue su principal herramienta de supervivencia; una forma de encarar la existencia con una actitud luminosa y vital. Para ella, verse bien es una forma de seguir presente: “Soy coqueta, porque me gusta que los que estén al lado mío me vean bien, y verme bien yo. Fui toda la vida coqueta”, confiesa con una sonrisa que ilumina el ambiente. “Me levanto a la mañana y me visto como si fuera al club o a trabajar, trato de estar arreglada. Dicen que cuando uno es joven se viste para agradar, y cuando uno es mayor se viste y se arregla para no desagradar”.12 preguntas sencillas para hacer una vez en la vida con los padresEse espíritu resiliente se puso a prueba hace 16 años. A los 80, Noemí comenzó a notar los primeros síntomas de una degeneración macular del tipo húmedo, una patología que avanza y que carece de cura definitiva. El proceso fue lento pero inexorable, una marea que iba borrando los bordes de la realidad.“Fue muy lentamente. De repente me estaba lavando las manos y veía el agua sucia o estaba viendo la televisión y se deformaba la imagen. Fui al médico, y ahí detectaron un problema en la mácula de mis ojos”, recuerda. A pesar de los esfuerzos médicos, la visión fue cediendo terreno. “Eso fue en aumento. Al comienzo es terrible, pero después lo tomé como parte de la vida y como fue de a poco, uno se va adaptando”, apunta.Actualmente, la ceguera en uno de sus ojos es total, mientras que en el otro conserva apenas un 20% de visión periférica. El campo visual de Noemí se reduce hoy a un perímetro estrecho, a no más de 20 centímetros de distancia. Para intentar identificar el mundo que la rodea, debe forzar un enfoque a través del rabillo del ojo.Fue así que hace cinco años, tras una decisión consensuada con sus dos hijas, Noemí se trasladó a una residencia para mayores al comprender que ya no podía vivir sola sin correr riesgos graves. En ese nuevo entorno, la adaptación fue todo un nuevo desafío. Apoyada en la tecnología, hoy utiliza la asistente virtual de su teléfono celular para realizar videollamadas, una herramienta que le permite seguir conectada con sus afectos aunque ya no pueda ver las caras del otro lado de la pantalla.En la residencia, entre la oferta de actividades, se cruzó con un taller de pintura. Su primera reacción fue reticente: para una mujer que apenas puede ver sus propias manos, la idea de pintar parecía imposible. Fue la persistencia de su profesora lo que quebró esa barrera inicial, alentándola a animarse. Noemí recuerda con precisión el momento del descubrimiento: “Acá tenemos un taller de pintura, y como yo pintaba en el secundario, entonces fui. La profesora me decía que pintara algo, me dejaba la hoja, las pinturas, pasaba y pasaba, pero yo no me animaba... hasta que cuando se estaba por hacer la hora, agarré el pincel, hice unos trazos y pinté unos lirios. Ahí me di cuenta de que podía pintar, aunque es el día de hoy que me sorprendo”, admite. “Creo que me baja algo -se ríe-. Yo tenía una hermana que pintaba muy bien, y a veces pienso que es ella la que me hace pintar. Después les mando a mis hijas por el celular una foto de lo que pinto, y cuando ellas me comentan, siento que estuve con ellas”.Así, Noemí comenzó a pintar desde la hoja en blanco, apelando exclusivamente a su memoria. En ese proceso de creación a oscuras, recuperó los paisajes de los lugares que visitó en la Argentina, las costas del Caribe, la vida de su infancia en el campo y los detalles de las flores y plantas que recuerda con una precisión admirable.¿Pueden ser amigos un hombre y una mujer? La ciencia revela la verdad sobre esta relaciónEn cualquier caso, el desafío técnico es enorme. “Los colores no los veo bien. Sé dónde están por la ubicación en la paleta, pero asimismo le pregunto a las chicas qué color es cada uno. A veces voy con el pincel segura de que es el rojo y es el bordó, entonces después vuelvo a pintarlo con otros colores arriba. Las pinturas me salen de adentro”, explica Noemí.Pinta un cuadro por clase, en un lapso estricto de 40 minutos. “Si dejo una pintura y después le quiero agregar algo, es imposible. A veces pinto flores. Las margaritas me son muy fáciles. Primero imagino la forma, le hago todos los pétalos y después le digo a la profesora si me marca el centro para terminarla”. Una vez que pierde el contacto visual inmediato con la hoja, ya no es capaz de reconocer lo que pintó previamente. Cada obra es, por lo tanto, un acto de presente absoluto.Al preguntarle dónde encuentra hoy la belleza y la elegancia ahora que su visión es difusa, no duda: “En mil cosas. Me gusta conversar, escuchar música y la radio, que me conecta con el mundo”. Y esa conexión se extiende al universo. “Creo en todo, en Dios, en el universo. Me supera la luna, el mar, el cielo. Cuando conocí las Cataratas lloré de la emoción frente a la inmensidad de la naturaleza”, sigue su relato.A pesar de los años y las ausencias —“con los años perdí a mi marido y a casi todas mis hermanas, éramos siete y me queda una sola”—, Noemí siente que el balance es positivo. “Con los años crees que ya no hay nada, pero después te das cuenta de que sí, que hay mucho para dar todavía. Me han pasado muchas cosas en la vida, pero creo que hay que seguir adelante, con fe, contenta. Me gusta ser una referencia para mis hijas, para la gente que está al lado mío. Soy un canto a la vida”, sostiene. Y sabe de qué habla.A sus 96 años, su mensaje es una brújula para cualquiera que enfrente la adversidad. “Voy para los 97 años, uno no tiene pensado llegar hasta tantos años, ahora me asusta un poco... Soy la más grande de la residencia. Creo que frente a las dificultades que nos plantea la vida no hay que perder las esperanzas, la fe, el entusiasmo, los proyectos. Aunque sean muy chiquitos, como levantarse al día siguiente, tomar sol y dar gracias por un día más, por estar bien, por estar vivo. Cuando me levanto cada mañana, agradezco que estoy y que voy a seguir a ver qué pasa. Mi consejo es seguir adelante. Por más que parezca que no damos más, siempre se puede un poquito. Y tener entusiasmo para uno y para los demás”.
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